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Onetti, la voz que ignora los remolinos del tiempo

Nota publicada originalmente en Lanacion.com, por Daniel Gigena

Se cumplen 110 años del nacimiento del escritor uruguayo, creador de un universo narrativo atrapante, agudo e inconfundiblemente rioplatense

«Como Faulkner y Rulfo, antes que García Márquez, inventa un territorio que termina siendo signo de identidad nacional y después latinoamericana», escribió en 2009 Josefina Ludmer en un nuevo prólogo a Onetti. Los procesos de construcción del relato, su gran ensayo crítico sobre el escritor uruguayo. En ese estudio abordaba la obra de Juan Carlos Onetti, el montevideano que fundó una ciudad literaria y que dio a luz a oscuros personajes y narradores de aire rioplatense. El fracaso nunca encontró mejor médium literario que Onetti. El lunes pasado se cumplieron 110 años del nacimiento del autor de La vida breve. Onetti, que vivió varios años en Buenos Aires, se exilió en Madrid en 1976 y allí murió en 1994. En el exilio desarrolló una obra narrativa lúcida y corrosiva. También, a su modo, clausuró modos de narrar.

Como otros afinados lectores argentinos (entre ellos, Ricardo Piglia, Enrique Pezzoni y Martín Kohan), Luis Gusmán confiesa su fervor por Onetti. «Mis preferidos son Los adioses, El astillero y Para una tumba sin nombre -enumera el autor de El peletero-. Como lector trato de descubrir sus trucos. Admiro el lugar desde donde se cuenta la historia. El narrador de sus novelas es muy singular: me gusta el comienzo y el final de Los adioses, con ese Larsen al que el dueño del astillero le promete lo que no hay y no va a haber nunca. Lo leí a destiempo, y extraño a veces ese tono compadrón y nostálgico de su literatura. Quizás es una expresión de deseo, pero siempre habrá un lector para Onetti».

Premio Cervantes en 1980, el escritor uruguayo había concluido su saga de Santa María con Dejemos hablar al viento en 1979. Esa novela fue reeditada por Eterna Cadencia este año, en tándem con Teoría de la prosa, conjunto de nueve clases que Piglia dio en la Universidad de Princeton sobre las novelas breves de Onetti.

Leonora Djament, directora editorial del sello, asegura que esas nouvelles ( El pozo, Tan triste como ella, Los adioses) tienen el poder de retrotraernos a las preguntas fundamentales de la literatura. «¿Cómo se narra? ¿Qué es narrar? ¿Cómo circulan esas narraciones? La narración es constitutiva de toda comunidad. Para que haya narración, debe haber por lo menos dos personas. Y ahí mismo se establece algún tipo de relación entre ambas», argumenta. Onetti (y el Piglia lector de Onetti) se interroga por el sentido de la prosa. «El gran aprendizaje es que estas narraciones trabajan con un secreto, pero que no es algo a develar, porque el sentido no es algo que se apresa y queda expuesto a la luz, sino que es algo que, como en Kafka, nunca termina de presentarse: ese es su núcleo productivo». También como en Kafka, las narraciones de Onetti están asociada al sueño, la fantasía y la falsificación. «El proyecto narrativo de Onetti es uno de los más complejos y más elaborados de la literatura no solo latinoamericana, sino también de cualquier lengua. Va a ser difícil que encuentren a alguien que haya construido un universo narrativo tan amplio, con tantos registros y tan consistente», decía Piglia a sus alumnos en Princeton.

Onetti retorna como el viento que desvela a los habitantes de Santa María. «Pasaron ya 80 años de la publicación de El pozo, su primer relato -recuerda la profesora de literatura latinoamericana Silvia Calero-. Al acercarse a sus cuentos y novelas, el lector contemporáneo se siente interpelado por su profundidad y por el dominio de la técnica narrativa. La complejidad de sus construcciones y la atmósfera agobiante de los mundos creados están unidas a una aparente facilidad de lectura que sigue atrapando aún hoy». Para Calero, el ritmo acelerado del presente puede hacer creer que novelas como La vida breve y El astillero resulten distantes a un lector del siglo XXI. «Sin embargo, la angustia existencial expresada y la maestría con que fueron armados esos relatos invitan a abordarlos. De ellos puede decirse, parafraseando lo que afirma el narrador de Los adioses del personaje central: ‘Persisten empecinados, manteniendo su aire de soledad, ignorando los remolinos del tiempo'». La porfía del escritor ermitaño, que recibía a amigos y periodistas recostado en su cama, donde fumaba, bebía y leía, unía en un solo gesto rechazo y despedida, enunciados también en el título de su último libro: Cuando ya no importe.

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