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Un cuento que no acaba nunca

Por Camilo Arancibia H.

– El terrible deber es el de llegar hasta el final

Clarice Lispector

El decorado del set es gris y la autora se encuentra al centro sentada en un sillón café con la cartera pegada a su cuerpo. Es primero de febrero de 1977 y la entrevista termina de forma inquietante. Todo el diálogo está teñido por la tensión, por la rabia contenida de una Clarice Lispector que se presentaba por primera y última vez frente a los televidente brasileños.

Estamos frente a una escritora que ya ha escrito sus obras más relevantes y ha sido reconocida mundialmente por ello, pero que todavía se guarda algunas cartas bajo la manga. Su recién terminada novela, La hora de la estrella, habla de una chica que, al igual que ella en su momento, viaja del noreste a Río de Janeiro. “Una chica tan pobre que sólo comía hot dogs…”. A los segundos se arrepiente y mientras describe un círculo imposible entre su dedo pulgar y anular, señala: “Pero, no es sólo sobre eso… es sobre la inocencia pisada por una miseria anónima”. Se trata de uno de los pocos rasgos autobiográficos presentes en su obra, como si estuviera diciendo algo en ese lenguaje cifrado, hermético, casi místico que la distingue. Va a ser su último libro y ella lo sabe.

“Yo creo que cuando no escribo estoy muerta”, dice cuando promedian casi nueve minutos de tira y afloja. Nadie sabe del cáncer que la aqueja y que la mataría en diez meses. Juega con el misterio durante toda la entrevista, se camufla en los silencios, en el décimo cigarro, apura las preguntas que no desea contestar. Como si todo el diálogo estuviera diseñado para aquello que va a decir al final.

Encuentra el momento. Es a propósito de los autores que la influenciaron. Comienza diciendo que no sabe quiénes ejercieron magisterio sobre ella porque los mezcló a todos. Por ejemplo, Dostoievski con la novela rosa. Que Herman Hesse la deslumbró. Que en realidad elegía los libros por los títulos.

De pronto suelta la frase: “Entonces empecé a escribir un cuento que no acababa nunca más”. Con los ojos fijos en su interlocutor dice: “Lo terminé rompiendo y tirándolo”. Baja la vista e introduce los dedos en la cajetilla de cigarros Hollywood semi vacía. Dice que sigue rompiendo libros y que tiene rabia consigo misma. El entrevistador con tierna voz le pregunta: “¿Por qué, Clarice?”

“Estoy cansada de mí misma”, responde ella. Ingenuo, él, la inquiere: “¿Pero Ud. no renace y se renueva en cada nuevo trabajo?”. Ella toma aire como sabiendo que ha dado con el espacio que buscaba para ejecutar ese desenlace particular. Ese que la va a llevar a prohibir la difusión de esta entrevista hasta cuando esté muerta: “Bueno, ahora morí. Vamos a ver si renazco. Por ahora estoy muerta. Estoy hablando desde mi tumba.” Apenas pronuncia la última frase la cámara se aleja y la transmisión se va a negro.

En su biografía, Benjamin Moser narra que ya internada en el hospital donde fallecería intentó escapar y una enfermera la detuvo. Lispector muy enojada le espetó: “¡Usted mató a mi personaje!”. Moriría el 9 de diciembre de 1977, un día antes de cumplir 57 años.

Camilo Arancibia H. es  Master en Literatura Comparada: Estudios Literarios Culturales de la Universidad Autónoma de Barcelona. Creador de la página en Facebook “Arte y Derecho”. Docente del Taller de Lectura de Narrativa Chilena impartido en Librería Lata Peinada.

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