Publicado el / Por latap / en Blog

Ante un fabulador de sí mismo

Ante un fabulador de sí mismo

 Publicado originalmente en la “Revista Ñ”, el 28 de Marzo de 2020. Por Nurit Kasztelan. Poeta, librera y editora, publicó “Después”. 

Además de reconocido poeta y narrador, Enrique Lihn fue museólogo, dramaturgo, dibujante, crítico de arte, ensayista, profesor y viajero. Pero sobre todo, fue un operador de fabulaciones sobre sí mismo. Encontró en la literatura un espacio posible donde habitar y convivir con el vértigo que provoca desplazarse continuamente. El desarraigo atravesaba su espíritu: vivió en París, Manhattan, Cuba, y de cada uno de esos tres lugares trajo un libro escrito.

Tal vez los continuos desplazamientos le permitían poner a prueba su propia subjetividad; el ser nómade lo autorizaba a tener una mirada parcial de las cosas, de alguien que siempre está recién llegando y sabe que no se quedará por mucho tiempo. Como si la única forma de apropiarse de la lengua fuese volverse extranjero en ella. Como si su país natal se hubiese encapsulado en su experiencia y en su modo de ver el mundo; de ahí el famoso verso “Nunca salí del horroroso Chile”.

Uno de los hilos conductores que une los libros de la antología “Sólo sé que seremos destruidos” (cuyo criterio de selección a cargo de José Villa y Miguel Ángel Petrecca es impecable), es la reflexión de la poesía sobre sí misma. Su poesía es escéptica, y cada verso cuestiona desde dentro su propio lenguaje. En todos se repiten sus obsesiones: Narciso, el espejo, la muerte, la palabra, los viajes. Lihn se definía a si mismo como un “operador de lo imaginario”.

La antología abre con “La pieza oscura”, que despliega los temas que después su poética irá ampliando: el erotismo, la infancia, los fantasmas y la memoria. Llama la atención el equilibro entre el lirismo, la forma narrativa en los poemas y la radicalidad en el uso del lenguaje (comenzar con “La mixtura del aire” da cuenta de ello).

Los versos finales (”Soy en parte ese niño que cae de rodillas… y no he cumplido aún toda mi edad/ ni llegaré a cumplirla como él / de una sola vez y para siempre”) condensan quizá el misterio que encierra la poesía: cierta discontinuidad en los tiempos verbales y en las situaciones vividas.

Se trata, quizá, de reconstituir, y a la vez que se reconstituye, de transfigurar, las escenas de la niñez y adolescencia para arrastrar a la memoria hacia el fantasma de lo real, allí donde la experiencia y la expresión se gestan en una misma dirección.

Lo que Lihn pone en escena es la imposibilidad de lo confesional; para él la poesía fue un proceso ficcional de invención de sí mismo: “me hago literatura. Este poema es todo lo que podía esperarse después de semejante trabajo”, se lee en los versos finales de “Nathalie”.

Esta ironía que aparece al final del poema (que llamativamente confesó fue el único escrito en estado de ebriedad), muestra de qué modo al escribir administraba sus desbordadas emociones, las dosificaba en su justa medida sin caer en el sentimentalismo.

En “Diario de muerte”, el libro que escribió días antes de morir, Lihn le rogaba a su hija Andrea que le amarrara el lápiz a su muñeca. Toda su vida no hizo otra cosa que ajustarse ese lápiz imaginario.

Deja un comentario

Mini Cart 0

Your cart is empty.