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Che Fernández de Cacho Oliva

Inauguramos una nueva sección del blog: Textos de los participantes en nuestros talleres literarios. En esta primera entrega un texto de Cacho Oliva: una crónica de la migración, el paso del tiempo, el extrañamiento y la añoranza del origen, los primeros vínculos, la vida que elegimos y la historia a la que nos arrojan a quienes crecemos en la entrañable y pavorosa incertidumbre latinoamericana. Cacho y su madre anciana que le besa la frente y le da bizcochos de desayuno, Cacho y su búqueda de libros y su modo de mear y su corazón atestado de compañeros enterrados en el río y su voz de tango y su mentir el origen y su acento español en los vaivenes de la burocracia de Buenos Aires. Leemos:

Che Fernández

Como desde hace años. La vuelta al país mientras alguien me espere. Principalmente mis viejos. Ellos me esperan con alguna comida que me gusta y un abrazo. Nada más entrar, dejo las valijas en el cuarto que ahora es mi cuarto, pero que nunca fue mi cuarto. Yo siempre dormí en él salón que acá llaman Living.
Luego de dejar las maletas que aquí llaman valijas me siento en la mesa del comedor, esta es de quebracho y cuesta un huevo moverla. Mi viejo enciende la tele y mi madre se acerca con pasos cortos y un plato con empanadas, pasos que en cada vuelta son más cortos.
 Las empanadas siempre con él mismo sabor. No tenemos de que hablar. Para ellos lo importante ya esta. Estoy aquí.
Quince días me quedan por delante y podré hacer mil cosas. Mientras duerman su siesta de todos los días yo miraré por el balcón para no ver nada. Como en cada viaje me encaminaré a buscar libros y puede que alguna noche me encuentre con algún amigo rescatado de Facebook, para con este terminar hablando siempre del pasado. No suelo hablar de la actualidad del país, porque no la entiendo. El no entenderla fue quizás la causa por la que me tuve que ir un día. Eso fue ya hace tiempo. Mi vida es ahora otra. Tengo el As en la manga que siempre en quince o veinte días me voy. Tengo asegurada la tristeza de ese abrazo, de esas lágrimas que no quiero ver y ese camino que no se acaba nunca y que cada vez hago más solo.
En cada vuelta todo sigue igual pero más viejo.
Organizo las visitas a las hermanas y los sobrinos pasan como siempre a saludarme. La primera noche me quedo solo en esa habitación que ahora es mía, mirando el techo mientras mis huesos y mi mente se acomodan a un colchón distinto y a un horario distinto.
Mañana será otro día, también será un da menos menos. Tengo que rellenar los que quedan como un rompecabezas; tengo las fichas en la cabeza, solo tengo que agruparlas. Al final siempre me sobran o me faltan fichas. Nunca termino el viaje de manera completa; me faltara un libro y me sobrara una lata de dulce de batata que mi madre con sus pasitos cortos irá a buscar pocos días antes de mi partida.
Lo primero que haré luego del desayuno y de la charla de todas las mañanas; será ir a la oficina de atención al ciudadano, que está al cruzar la avenida. Seguro que no debe llamarse así, tendrá algún nombre rimbombante. Mi pasaporte esta vencido y tengo que renovarlo. Si no lo hiciera no podría salir del país, y ni en la peor de mis pesadillas puedo imaginármelo. Tengo que seguir viniendo mientras alguien me espere. Si no me voy no puedo volver.
La primera jornada comienza como siempre, los ruidos de la calle llegan mas tarde de cuando yo me despierto a las cuatro de la mañana. Me llaman de España y me encuentran ya con los ojos abiertos. Los primeros sonidos son los pájaros en él árbol que está junto a la ventana de este cuarto que nunca fue mi cuarto. Espero los primeros sonidos de la radio que enciende mi madre mientras espera que yo aparezca para prepararme el desayuno. La emisora es la de siempre La 2×4. Ella me recibe con un beso. Es él único lugar del mundo donde amanezco con un beso.
Como siempre tengo que esperar para que el mundo se ponga en marcha. La oficina donde tengo que renovar el pasaporte no abre hasta las diez de la mañana. En el desayuno ya me salto todas recomendaciones de calorías hidratos y demás advertencias que me hace mi mujer en cada viaje. Tengo que quemar el medio paquete de bizcochos Satur y con mi equipo de caminante me encamino hasta el rio por camino fácil que me conozco de memoria, pienso que no debe haber en el mundo una ciudad más fácil de caminarla como esta. Los personajes con los que me cruzo son los de siempre; casi todos porteros que lavan las veredas de todas las cagadas que han dejado los perros.
El recorrido sé repite año a año, la calle Iberá hasta la cancha del Riber, cuando la paso luego de una Hípica hay un sitio donde siempre meo. Los diuréticos me obligan. Creo que fue aquí donde descubrí que tengo que orinar cada cuarenta y cinco minutos. Cruzo la vía del tren donde a veces coincido con el paso de alguna locomotora, puede que sea una Santa Fé. Llego al río que siempre esta ahí; oscuro marrón y que no invita a bañarse. Su oscuridad y su movimiento producen pánico. Me adentro en él por una especie de espigón,  observo la draga y creo que me mira con aspecto serio y desconfiado.
Como no podía ser de otra manera voy como todos los años al Parque de la memoria donde están tallados los nombres de los desaparecidos. Busco el nombre de Enrique, su nombre sigue ahí. Todavía debe seguir inmerso en esas aguas marrones. Sé que Enrique no sabía volar, así que debe estar por esos fondos de barro. Me sorprende la figura de lo que parece ser la de un hombre que camina por las aguas hacia el sur. Leo en un cartel que este no es un hombre, fue un joven, casi un niño que debe estar con mi amigo Enrique. La vuelta entre eucaliptos y pájaros benteveos, siempre pensé que lo que a mí me gritaban era bicho feo.
 Ahora sí que la cancha de Riber está abierta y aprovecho para mear entre camisetas enemigas. A unos metros , tal vez quinientos, se instalo el horror. Enrique seguro que Enrique partió de allí animando a sus compañeros. Pienso en eso y me da un escalofrío. Luego supe del microclima del lugar. Las veredas están lavadas y vuelvo con mi vejiga aliviada.
Lo curioso de la vuelta es que me encuentro con una librería. En esta calle por la que nadie pasa hay una librería. La valentía del que la puso me obliga a entrar, al llevar las gafas de sol que no están graduadas no puedo ver los títulos, y menos las reseñas de las solapas de los libros. Veo que al que atiende le importa poco, ni me mira cuando le digo que vendré con las gafas de leer. Caminando pienso y me doy cuenta qué aquí le dicen anteojos. Será por eso la indiferencia.
Antes de cruzar la avenida entro en la oficina donde se supone que me renovarán el pasaporte. Me dicen que me presente con el pasaporte y el billete de avión. Me dan cita para el jueves anterior al de mi regreso; mi vuelta esta fechada para el lunes siguiente por la tarde. Quedan mas o menos dos semanas, las cuales transcurrirán entre búsqueda de libros que solo puedo encontrar aquí, en librerías de libros leídos. Busco principalmente literatura local, serán libros escritos por mujeres y algunos de Andrés Rivera que me faltan.
Entre asados, pizzas y charlas del pasado llega él día de la renovación. Mi cita como dije antes es un jueves, y es a las doce del medio día. Ya se huele la vuelta y la tristeza en él ambiente. No puedo exteriorizar las ganas que tengo de volver a mi vida allá lejos. Ni yo entiendo esto. Cuando estoy a esta altura del viaje,miro lo de siempre, lo de todos los días despidiéndome.
La mañana de marras llego puntualmente ya que solo debo cruzar la avenida. Me indican que me siente y espere que me llamen. Llegado él momento me dirijo a la ventanilla que me indica una pantalla a la que somos muchos los que la miramos sin pestañear, pestañear puede significar perder él turno. La mujer que me atiende tiene toda la pinta de que le queda poco para jubilarse. Me pide que tome asiento y dirige su mirada a la pantalla de su computadora (aquí las llaman así).
Le digo mi nombre y sin mirarme todavía, me pide el pasaporte, escribe en su teclado, pasa a pedirme el DNI. Le digo que no tengo, ya que vivo en él extranjero y que allí no lo necesito. Este es un documento de uso interno. Me contesta que no puede hacer nada, sino tengo el citado DNI. Le pregunto que puedo hacer. Me dice que me lo saque pagando una tasa de urgencia, pero que así y todo me tardará quince días, me quedan tres días y medio y la solución es en quince días. La cuenta es fácil. Estoy jodido. No lo digo, pero pienso, que en ningún sitio me han tratado peor que en mi propio país. El monstruo de mujer me dice que es mi problema y que ella no puede hacer nada. Con la mirada me muestra el camino de salida. Yo no pienso levantarme de la silla, le pido que me diga que puedo hacer para solucionarlo. Me dice que en esta oficina no hay nadie con autoridad para solucionar mi caso. Que me dirija a la central que esta en el otro extremo de la ciudad;
En concreto en el Paseo Colon. Pienso que como dice el Tango “… es donde van los que tienen pérdida la fe”.
Bajo al subte en Congreso de Tucumán y me dirijo hasta la última estación allí me subo a un taxi. El taxista me pregunta de donde soy. Le contesto que de este país de mierda. Siempre suelo decir que soy de Lérida. Pero esta aberración me salió del alma. Me sentí un maleducado nada más decirlo. Le pedí disculpas. El buen hombre me disculpa. Me dice que notó un acento raro, un acento extranjero, de ahí su pregunta. Pero me dio la razón en lo del país. El tiempo pasó volando mientras le contaba y me desahogaba. En la radio del taxi sonaba el tango “Quedémonos aquí” tocaba la orquesta Pugliese y cantaba Adrián Guida. A este cantante lo descubrí en una sala de Granollers. De que actuaba el Camarada Pugliese me lo dijo uno que resulto ser un mierda al que se le suicidan las mujeres, ni él cáncer lo pudo matar a él. Pero eso es otra historia. Yo quiero mi pasaporte.
Me bajo del taxi ya tengo otro amigo. Esta ciudad es increíble. En la puerta un morocho repeinado con dos kilos de gomina me pregunta si tengo cita; creo que mi cara de loco me abre el paso y me encuentro nuevamente mirando una pantalla en la que nunca aparecerá mi nombre. Llaman a un tal Fernández y al ver que nadie se levanta me presento con mi nuevo nombre de guerra. La chica que me atiende es una de esas típicas bellezas que uno se cruza por esas calles, casi todas parecen provenir de algún barrio. Las que son del centro son distintas. Las de los barrios huelen a jabón Palmolive. La del centro creo que no huelen.
Pero yo quiero mi pasaporte, me quiero rajar y volver.
Nunca supo la belleza de arrabal que yo no soy Fernández. Le explico lo que le pasa a este como si fuera su abogado. La solución que me dá casi me mata. Me dice que si Fernández va a Pinamar, le hacen el Dni en él día. Casi me desmayo, ya que si mal no recuerdo eso queda como a cuatrocientos kilómetros de donde me encuentro en este momento. Mi cara de desesperación, o la de Fernández hizo que se compadezca. Todos sabemos que las chicas de barrio en principio son buenas. Luego no se sabe…
Me dice que hable con la jefa, pero que no diga que me manda ella. Le pregunto que donde estaba y me marca el despacho diez con las manos. Me dirigo hacia allí y doy unos golpes en la puerta. Una voz me dice pase. Me encuentro con una mujer que me vuelve a hacer sentir que estoy en un relato kafkiano, nunca supe que quería decir esto, pero me siento como el agrimensor de la novela El Castillo.
Esta vez cuento por cuarta vez que vivo en España hace mas de treinta años y agrego por primera vez que soy un exiliado del Proceso, esto puede resultar favorable pero nunca se sabe. Ya que si es cierto que este proceso había jodido a casi todas las familias del país, sea de un lado o de otro. Esta me escucha, como si le quisiese venderle una  Enciclopedia de los mundiales de fútbol. Se produce un silencio y suelta una de esas frases que inventan los argentinos que explican todo y no parecen decir nada. La frase dice “Que estámos hasta las manos”, En principio no la entendí, pero me gusto ese estámos.
Con el pasaporte en la mano murmura, hasta que de pronto me mira y me pregunta que tengo que hacer. Le digo que necesito solucionar el tema del Pasaporte,  qué mi vuelo es él lunes, que me espera mi familia. Me dice que me dé una vuelta por el barrio y que vuelva en media hora. Se queda con mi pasaporte. Me encuentro en la calle, esa enigmática mujer se quedo mi único documento, ya no tengo nada.
Enfilo para la Plaza Dorrego me siento junto a una ventana y con un triple de miga y una cerveza pienso en que situación estoy, No puedo saberlo pago y me pongo a dar vueltas a la plaza. En una de las vueltas me paro ante unos señores que venden partituras de Tango, compro una del tango Bahía Blanca, tango preferido de mi mujer y mío, tango que solo bailo con ella. En cierto momento que se presento la oportunidad de bailarlo con otra me propuse que no sería posible. El que me vende la partitura es un veterano que me dice que lo había tocado con él Maestro. Me lo dice así, le entendí enseguida, a pesar de que eso siempre me pareció una injusticia. Aunque por las dudas digo varias veces Pugliese Pugliese…
Pasa más de media hora. Con la partitura bajo el brazo llego a las oficinas que estan cerradas. No hay timbre alguno, pero la suerte no puede abandonarme de esta manera tan cruel. Un conserje sale a fumar. Me pregunta que busco. Le cuento que vivo en España y todo lo que me pasa por culpa del puto DNI. No me dice nada, va hacia dentro, pienso que me moriré.
 Estoy por comerme la partitura cuando salen dos empleados jóvenes; me piden que les cuente la historia. Me quedo en silencio y me pongo a contar mentalmente; cuantas veces lo he contado, contando también cuando fui Fernández; fueron seis sin contar al taxista. La voz de la jefa grito desde adentro, pregunta si el que esta en la puerta es el gallego? Dicen que sí y me hacen pasar. La jefa ordena ordena que me saquen fotos y que me hagan el pasaporte.
Pregunto si me lo llevaré ese día. Me dicen que no es posible pero que debo recogerlo en las oficinas de una mensajería llamada Oca. El pasaporte estará el sábado por la mañana. ¿Quién esta escribiendo este guion que me esta matando? Debe ser un hijo de puta, seguro.
Sin pasaporte y con una gran incertidumbre camino las calles de San Telmo hasta el subte de la Plaza de Mayo, apretado entre un montón de gente abrigada, el calendario le marca a los porteños que tienen que ponerse, a pesar de que él frio no ha llegado, todos van en silencio mirando sus teléfonos, en cada estación sube alguien contando su historia de drogadicto, el de sus hijos y hasta un hombre sin manos con un montón de lápices en la boca, hay que agarrarlos de su boca y ponerle el dinero en una bolsita, también hay que sacar el vuelto, el sin manos pide por favor que no lo engañen. Pienso en que yo podía también contar mi historia. Me callo por cobarde y me compro unas medias de Boca hechas en China. En la casa están esperando mis viejos con el mate cocido y los bizcochos Satur.
El viernes higo la caminata, pasando la cancha de Riber y por la Avenida Figueroa Alcorta llego hasta la Rural. En Plaza Italia me compro La Sierva de Rivera. Mañana es sábado, esta noche comeremos pizza y mañana dios dirá.
Es sábado. El subte va vacío y allí voy yo sin nada en la mano a buscar este pasaporte que esta costando más que el de Víctor Laszlo en Casablanca. La agencia de Oca esta en la Diagonal Norte, al salir me encuentro miles de personas con carteles que llevan dibujado un pingüino, los que no llevan a este pájaro que no vuela, llevan bombos. Sé que esto no es por mi pasaporte. Como no podía ser de otra manera la oficina esta cerrada, abren a las diez. Me siento y espero mientras lo bombos y los pingüinos marchan hacía la Casa de Gobierno. Al verme sentado en la puerta me preguntan que quiero. No con buenas maneras, es increíble como se puede pasar de la excelencia a la grosería en este país. Digo que vengo a buscar mi pasaporte. Ellos son tres, se miran y me dicen que ahí no tienen pasaportes. Abren la puerta y uno grita a alguien que esta dentro
¿Che Fernández aquí tenemos algún pasaporte? Una voz, se supone que de otro Fernández dice que no. Pero una voz femenina, después de una eternidad pregunta como se llama el interesado. Digo mis dos nombres y el apellido. La misma voz dice que lo han enviado al domicilio que di. El domicilio es el de la casa de mis viejos. Si no estoy cuando llegue el mensajero no lo podré recoger hasta el lunes. Esto lo oigo cuando empiezo a empujar pingüinos y bombos para meterme en el Metro (aquí le dicen Subte).
A esta hora nadie vende nada. Con el corazón en la boca voy contando las estaciones que faltan. En Congreso  de Tucumán camino a paso ligero, no corro, nunca corro. Llego a mi casa mi madre me dice que vinieron y que no se lo dieron porque no era la interesada. Argumentaron que un documento tan importante no se lo podían dar. Resulto que este librito de mierda era más importante que mi madre. La buena noticia fue que se lo llevaban a la oficina de Álvarez Thomas y que lo tenía una tal Susana.
Son las doce del mediodía y cierran a la una. Me subo a un taxi y le recuento lo que me pasa al taxista. Luego haré la cuenta de cuantos saben mi historia. Con un poco de suerte me transformo en una leyenda urbana.
En la susodicha oficina la cola es de unos cien metros, al preguntar si es la cola de los pasaportes, unos tipos tatuados que están con unas gorditas de ropas apretadas me dicen que es para sacar entradas para él recital de Los Redonditos de Ricota, También que se sacan entradas para el de la Mona Jiménez. Un moreno (aquí les dicen morochos) sale a poner orden,  dice que a la una cierran y el que se quede sin atender se jode. Le explico que yo vengo por mi pasaporte, no me  da bola ni me mira y se va.
A la una menos cinco me dicen en la ventanilla que no saben nada de mi pasaporte. Nombro a Susana y de una estancia superior alguien, resulta que es ella. Dice que ahora me lo baja. Con el pasaporte en la mano miro la vereda de enfrente donde hay una pizzería. Entro pido un moscato y una Fugazza. Mientras espero leo el cartel donde esta el nombre; se llama La Meseta la fundo un asturiano.
 La pizza es genial, el vino es malo. De esta pizzería me habló un amigo que con el tiempo se fue, se fue solo decepcionado, yo sé, que de mi no. Con las manos manchadas de queso me limpio en un árbol, pienso que este país es genial.
Me doy cuenta qué estoy triste porque me voy.
Esplugas del Llobregat Junio de 2020

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