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Space invaders, de Nona Fernández

Space invaders, de Nona Fernández

 

Por Damián Huergo

Pocos materiales son tan propicios a la literatura como los recuerdos y los sueños. Unos, pedazos sueltos de realidad aunados mediante la ilusión de una narrativa que encadena y deforma en contenidos caprichosos. Otros, interpretaciones tardías e inconscientes de aquello que llamamos lo real. Ambos cargan con imágenes-espinas, con sensaciones fugaces que nos persuaden tanto cuando tenemos los ojos abiertos como cuando los cerramos. Ambos se retroalimentan, se enlazan y –con el tiempo– pueden confundirse y confundirnos. Ambos, sueños y recuerdos, son el material nebuloso de esta gran novela breve, brevísima, que es Space Invaders, de la escritora y actriz chilena Nona Fernández.

En Los detectives salvajes, Bolaño consagró un modo de narrar, una estructura, en donde diferentes personajes describen a otro ausente, a un ajeno enigmático que vamos completando según las dimensiones que aportan los testimonios. Nona Fernández, en Space Invaders, recupera el recurso y lo formatea desde la misma dedicatoria del libro. Su personaje enigmático es Estrella González. Y lo presenta y describe mediante un relato coral de sueños y recuerdos de sus antiguos compañeros de primaria. Una red onírica que contiene voces, cartas, manos ortopédicas, naves espaciales, videojuegos, hermanos fantasmales, Chevys rojo fuego, alienígenas, niños delatores, niños militantes. Y banderas, muchas banderas chilenas flameando en cielos oscuros, en escuelas grises. Banderas salvavidas, banderas que ahogan, banderas que se izan –con disciplina pinochetista– mientras el mundo tira para abajo.

En el centro de la red, en el eje donde giran los sueños y recuerdos, está Estrella. Hija de un carabinero; héroe patriótico de un día, pusilánime que ni la Justicia ni la historia absolverán. De un momento para el otro Estrella se convierte en misterio para sus compañeros del liceo. Un viaje repentino a Alemania, “a la parte buena de la muralla”. Una ausencia prolongada de las aulas que se presiente definitiva. Amistades dolidas, que no tienen un código postal donde enviar sus cartas. Amores infantiles con tintes shakesperianos, coartados antes de madurar. Escenas paralelas, retazos de una vida, de recuerdos compartidos que se comunican en sueños, formando una memoria de “un solo cuerpo de muchas patas y manos y cabezas”.

En sus anteriores libros, en especial en Mapocho, Fuenzalida y en la obra de teatro El taller –donde representa ese iceberg macabro que fue para la cultura chilena Lo Curro, el taller literario de Mariana Callejas narrado también por dos de los mejores escritores chilenos, Bolaño y Lemebel–, Nona Fernández centra su atención y obsesión en lo que denomina “la generación guacha”. Es decir, en aquellos que fueron niños y/ o adolescentes durante la larga dictadura de Pinochet; testigos conscientes, protagonistas involuntarios, cuerpos marcados subjetivamente por la biopolítica militar.

A diferencia de cierta “literatura de hijos” que toma el punto de vista de los niños, Space Invaders no presenta a los infantes como almas ingenuas, interrumpidas por los avatares históricos. Por el contrario, señala sus acciones y participaciones políticas, muchas veces no del todo comprendidas, como –por ejemplo– cuando arrojan volantes en el liceo convocando a una “marcha del hambre”. La autora, en pocas páginas, logra ahondar en el complejo entramado de elaboración de la memoria colectiva. De este modo –en retrospectiva–, se hace cargo de la conciencia histórica de los acontecimientos que rodearon y moldearon a su generación.

En los últimos años, la estética de la brevedad se extendió a lo ancho de la –llamada– nueva narrativa chilena. Entre sus predecesores más próximos figura Adolfo Couve, del cual Nona Fernández se emparienta –además– en la distribución de claroscuros en las imágenes que construye con su prosa. A la vez, Space Invaders se aleja del realismo más determinante. Con su variedad de registros, voces e interfases, se acerca a la experimentación formal de otros tanques trasandinos, como Juan Emar.

Nona Fernández no descarta elementos ni tradiciones. Al igual que la construcción de los sueños y los recuerdos, va acumulando capas que puedan abarcar lo inabarcable. Su estrategia, su camino, es la escritura. Esa suma de signos, ese sonido incómodo que hacen las palabras al tocarse. Un ruido que es capaz de sacudir la memoria, de agitar el sueño-pesadilla del cual aún –revela la autora en una proyección generacional– “no sabemos despertar”.

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